● Rita Barberá ha declarado: "comprendo que la mujer de Zapatero esté harta". Qué comprensiva la alcaldesa de Valencia. Hace como que empatiza con Sonsoles Espinosa después de insultar al presidente del gobierno, llamándole "incompetente, ignorante, inmoral y miserable". No sé si tiene un pase que Rita Barberá despotrique como una hooligan, pero lo que no es de recibo es que una señora alcaldesa se comporte como una vulgar chismosa. Una nalga. Hay un límite, el de la buena educación o el del respeto a la vida privada –propia y ajena–, que tampoco debería traspasarse en política.
● El bochornoso espectáculo que dieron el martes nuestros senadores y senadoras, enfrascados en una bronca barriobajera a la voz de "Zapatero, dimisión", fue vergonzoso. Pero reconozco que no sólo pasé vergüenza ajena. La vena gamberra que tenemos dentro, unas más que otras, corre el riesgo de revolverse y que acabemos manifestándonos a grito pelao. Nunca es buen momento para perder la compostura. Menos, éste. No porque la inestabilidad agrave la situación de los dichosos mercados –qué sensibles, también los mercados–, sino por pura higiene democrática. Instalándonos en la trifulca, el pataleo, el zapatazo a lo Kruschev..., flaco favor nos estaremos haciendo.
● Habrá quien pretenda justificar el gamberrismo, incluso en las instituciones, pero nada más injustificable que la ruptura de unos elementales hábitos de convivencia. La convivencia no es blanda ni cándida, todo lo contrario: sin convivencia, no hay crítica que valga; y son tiempos para ejercer la crítica, que se pone en práctica con el diálogo. Sólo dialogando podemos argumentar, por ejemplo, que al paquete de medidas le sobra alguna o le faltan otras (medidas fiscales contra el fraude o sobre las grandes fortunas). Si en las alcaldesas y en el Senado caben esas malas formas, ¿qué nos espera en los plenos de los ayuntamientos?, ¿y en los estadios de fútbol?, ¿y en los patios de los colegios?, ¿qué nos espera en la calle?



























