En la ciudad antigua no han dejado su rastro los poetas. Los nombres de la ciudad son los de sus arquitectos, escultores, pintores más celebrados. Las de la ciudad son huellas de piedra y lienzo. Llevan la firma de quienes las mandaron hacer o de quienes pagaron por ellas, raramente de quienes las crearon. Hay cicatrices provocadas por alguna orden de destrucción. Y hay arrugas. Las marcas de la ciudad son también las obras que borró el tiempo. Todas tienen su autor o su mecenas, su monje o su soldado. Todas las huellas permanecen sobre la ciudad o bajo ella. Se acaban. Pero de las que no se armaron con martillo o pincel no queda rastro. Alguien escribió dentro de sus edificios y en sus calles, al aire de sus parques y sus plazas. Salvo en grotescas estelas o epitafios, la palabra nunca holló la ciudad. Fueron escritas, dichas y leídas las palabras. Como la música, sonaron y si acaso se sostuvieron suspendidas, como un perfume. Hasta desaparecer. Hasta ser de todas las ciudades.
[jfgras. Roma, foros. 2012]
Antonio Rodríguez de las Heras, hoy en facebook:
ResponderEliminarCon las palabras se pueden hacer monumentos
más impresionantes y resistentes
que con la piedra o el bronce.
Muy hermoso texto y certera mirada.
ResponderEliminarSaludos
También los libros dejan huella en las ciudades: ""La Santa Sede desvela por primera vez al público cien documentos de valor incalculable""
ResponderEliminarLas Bibliotecas. ¿QUé me dices de las Bibliotecas??
ResponderEliminarno, las bibliotecas y las exposiciones, aunque contengan libros, no cuentan para dejar huella en el paisaje de una ciudad: las palabras transforman lo invisible o lo universal, nada más
ResponderEliminarRafael Alberti: Roma, Peligro para Caminantes
ResponderEliminarRoma: Roma, Peligro para Caminantes (pero no hubo forma de encontrar allí el libro de Alberti, ni en italiano; peligro...)
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